La pequeña de los pies descalzos. Prólogo.

Con el Nuevo año tengo un nuevo propósito: Deseo compartir contigo uno de mis libros inéditos hasta el momento, pues en estos años las Editoriales no se han decidido a publicarlo. Se me reconoce como escritora de narrativa de crecimiento personal y autoayuda, pero no de cuentos.. o no interesan tanto. Este libro puede ser un cuento, pero su temática, es de crecimiento personal. Su título: La pequeña de los pies descalzos. Esa pequeña, podemos ser cualquiera de nosotros pues todos tenemos la oportunidad de aprender y de cambiar.

Empezamos por el prólogo y en los meses siguientes tendrás la oportunidad de ir leyendo los capítulos restantes. Éste lo escribió mi compañero periodista y escritor Juan Jesús Vallejo. Espero que lo disfrutes.

Si lo puedes imaginar,  sólo tú puedes hacerlo realidad”

Recuerdo perfectamente aquella mañana…

 Por delante tenía una de las mayores aventuras que podía experimentar en mi vida, pero mi alma no sabía realmente a lo que iba a enfrentarse. Ordenaba mi mochila y repasaba toda su carga con paciencia metódica. Ropa antihumedad, repelente para los mosquitos, linternas resistentes al agua y lo más importante el botiquín. Varias jeringas de adrenalina y antiestamínicos que fueran inyectables, por si la picadura de alguna serpiente o de cualquier otro animal venenoso ponía en peligro la vida de alguno de los integrantes de la expedición.

 Las vistas a la bahía de la ciudad de Panamá reflejaban el esplendor del que todavía llamamos el Nuevo Mundo. América tiene mil rincones por explorar, la selva del Darién que hace frontera entre Colombia y Panamá todavía más. Antes de salir de la habitación el último momento de reflexión, cuando te pones al cuello las chapas con tu nombre y tu tipo de sangre por si hay problemas. Es, me imagino cómo el viejo ritual que hacían los antiguos guerreros cuando se ponían la armadura antes de partir a la batalla, te recuerda que vas a un viaje del que es posible no volver. En el hall del hotel nos esperaba nuestro guía con dos vehículos cuatro por cuatro y todo preparado. Era hora de partir.

 A las pocas horas ya estábamos deambulando por carreteras de tierra que parecían tener como rumbo la nada. Varias horas más tarde ya estábamos en el Golfo de San Miguel, el lugar desde el que Núñez de Balboa divisó por primera vez el Océano Pacífico. Aquella noche la pasamos en una lujosa hacienda tumbados en hamacas, mientras saboreábamos unas cervezas contemplando un paraje que rememoraba épicas aventuras. El motivo por el que estábamos allí era porque queríamos hacer un documental donde fuéramos protagonistas de la búsqueda del Oro del Takarkuna, la última leyenda viva del dorado. Según narran las viejas historias que cuentan los ancianos de la etnia emberá, escondido en un rincón de la selva del Darién hay un pequeño lago donde se encuentra un gran árbol y un peligroso cocodrilo llevado allí aposta por los antiguos, para guardar la mayor mina de metales preciosos que el hombre jamás haya conocido.

 Aquella noche los sueños me transportaron hasta tiempos lejanos en los que los conquistadores pensaron que se hallaban ante un continente mágico, y en verdad que América lo era y lo sigue siendo. A la mañana siguiente nuestro medio de transporte ya fue una lancha que nos fue introduciendo en la selva. Después de sortear manglares infestados de mosquitos zancudos llegamos hasta una pequeña aldea de indígenas emberá que parecía haberse detenido en el tiempo.

 Las mujeres llevaban preciosos pareos tejidos a manos anudados a la cintura mientras sus exuberantes senos mostraban su belleza pura y salvaje. Los niños, casi todos desnudos. Los hombres con viejos pantalones roídos nos miraban casi como si fuéramos marcianos. Nuestra intención era filmarlos para adornar el documental y marcharnos rápido, pero fue quizá la mano de los dioses, la que envió una lluvia torrencial cómo pocas he visto. En unos minutos todo el terreno era un lodazal.

 Pasamos allí dos noches conviviendo con unas gentes que habitan de verdad en un mundo mágico, donde todo era fabulosamente sencillo. Aquellos días en la aldea vi a los niños jugar con la lluvia, a las mujeres saludar al alba y a pájaros de indescriptibles colores cantar cada vez que el sol nos regalaba alguno de sus rayos. Pero había que continuar, teníamos que seguir hasta territorios más ignotos.

 Tomamos el río Pirre y por uno de sus afluentes subimos tirando de las barcas metidos en el agua hasta la cintura. Uno de nuestros compañeros se cayó y se rompió un dedo, así que tuvimos que tomar una decisión, continuar el cámara y yo con el mínimo de equipo posible en una sola barca y mandar a nuestro compañero hasta un hospital que estaría por los menos a dos días desde donde nos encontrábamos.

 Horas más tarde llegamos hasta otra aldea, El Real, un antiguo pueblo de esclavos en medio de la nada. Desde allí, con la ayuda de mulas y de varios porteadores nos internaríamos por fin en el Darién, rumbo a lo ignoto. Aquella noche me emborraché junto con los que iban a ser nuestros guías, dos indígenas de etnia kuna que creían aún más que yo, que la leyenda del Oro del Takarkuna era cierta. Cuando amaneció comenzó la marcha por una impenetrable selva, debíamos ir cortando maleza para adentrarnos, las rocas y los cortados hicieron que mi mochila se reventase a lomos de una de las mulas. Tuvimos que parar y rehacerla con cinta americana. Había que seguir a toda costa, la leyenda podía ser cierta, nadie desde hace siglos había estado tan cerca.

 Llegó la tarde y nos refugiamos en la vieja estación biológica abandonada por las incursiones de la guerrilla colombiana. Pero mi pierna izquierda estaba casi destrozada, me había picado la coloradilla, una enjambre de pulgones me había entrado en la bota provocándome mil picaduras. Me apliqué agua con amoniaco para secar las pústulas y tome antiinflamatorios para recuperar algo de movilidad en el tobillo. Para colmo de males comenzó a llover de nuevo de manera torrencial. Yo estaba desesperado, muy enfadado, no tenía claro hasta cuando podía seguir en esas condiciones. Entonces salí de la choza abandonada y me refugié debajo de un enorme árbol fumándome un cigarro mientras contemplaba la maravillosa y pura naturaleza que me rodeaba. Y entonces la vi. En medio de aquel mar verde una enorme paloma azulada fue volando a través de los árboles. Parecía que sus alas me miraban. Era una mariposa morfho, muy difíciles de observar en libertad. Su color es de un azul metálico brillante y en sus enormes alas dos círculos negros parecen ojos humanos que te miran desde lo más impenetrable de la selva.

 Y entonces lo entendí. No importaba el oro, no importaba mi pierna, el aquel instante no me importaba ni el documental, la humedad hizo que se nos condensaran las lentes y no podíamos filmar. Me di cuenta de que las metas son una excusa que utilizamos para tomar con plenitud nuestra vida. Que el camino con sus regalos y sus reveses es lo que realmente cuenta, pues él nos regala un día a día único que jamás repetiremos. No pudimos avanzar más, y cuarenta y ocho horas más tarde tomamos el camino de regreso.

 Jamás encontré el Oro del Takarkuna, pero fui afortunado, pues viví su leyenda. Y ese regalo, el de perseguir un sueño es lo que me hizo mejor persona. Eso es lo que ahora les propone Esther Varas en su novela, la posibilidad de que cada uno de nosotros elija y comience un nuevo camino, el suyo propio, el que más le llene, el que más le plazca, el que más le apetezca. Pero cada uno el suyo personal e intransferible. Así como la posibilidad de ver las cosas desde otra perspectiva, que aunque sea desconocida no es menos adecuada. Utilizando como siempre, un lenguaje sencillo y adaptado a todos los públicos. Aunque en esa ocasión, nos sorprende de forma original jugando con su habilidad para unir palabras de nuestro rico lenguaje, dando como resultado un nuevo idioma.

 Y algo más importante que este aventurero ha aprendido con el paso de los años: para buscar un mundo perdido, un mundo fantástico, no es necesario emprender un viaje hasta los confines de la Tierra. Tan sólo es necesario mirar a nuestro alrededor, entender la magia que nos rodea, así como identificar la que habita en el interior de cada uno de nosotros, y disfrutar del amor de nuestros seres queridos. Si lo hacemos con la mirada de un niño, cómo nos propone la autora de esta fascinante obra, entenderemos el mayor regalo que nos ha dado la madre naturaleza. La eterna y sutil magia que a todos nos rodea.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “La pequeña de los pies descalzos. Prólogo.

  1. Bueno, yo creo que encontraste el oro, sólo que no en metal. Y no puedo creer que no te publicaran el libro, porque yo lo recomendaría, e incluso ya lo he recomendado!

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  2. me ha encantado, gracias por compartir Esther! seguiré tus consejos y los siguientes capítulos 😉

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